Me descompone la violencia como manifestación del poder entendido sólo como la fuerza que unos ejercen sobre otros
Me entristece, me enfurece! Hace que idea de dignidad se remita exclusivamente a la abstracción de un concepto bonito, pero que en la realidad no tiene sentido ni posibilidad de ejecución.
Esa violencia disfrazada de supervisión, control de eficiencia y protección, que no es más que un modo solapado de disfrazar la injusticia de algo noble y altruista.
Es un ejercicio tan absurdamente sensato, que se esconde usando caretas de modo que pueda naturalizarse con facilidad y que cualquier respuesta a ella sea criminalizable y se instaure en el inconciente colectivo como vandalismo condenable.
La jerarquización como único modo de organización posible y la competencia como lugar común en las relaciones interpersonales. ¿Cómo va a ser posible que la trivialización de esto no sea un hecho profundamente violento?
No puedo resignarme y es que tampoco quiero hacerlo. No soy capaz de callar eso que hace tanto ruido ¿Por qué tengo que adaptarme a la deshumanización cuando soy humana? ¡No tiene sentido reducirse a una mera pieza operativa, un objeto funcional cómplice de las estructuras!
Si te parezco “tonta grave”, cuática o engrupia’, te digo que ceder en los espacios micros es casarse con lo macro, es creer que los cambios no pasan por la cotidianidad y la insignificancia del nosotros, es asumirse como una víctima impotente del pulpo devorador.
Es en ese espacio diario de la convivencia con nuestros otros, es en la experiencia más burda donde me constituyo y me proyecto, no al mañana, sino en el ahora.
Desde aquí soy y en ese aquí construyo. La negación y ridiculización de esto no es más que caer presa de esa violencia nauseabunda que no golpea dejando marcas físicas, sino que te desarticula anulando tu ser, negando tu potencia creadora, forzándote al no poder..
No hay comentarios:
Publicar un comentario